A mi Maestro Juan Francisco Sans By Leonardo Lozano Escalante



Ráfagas de la memoria para una despedida:


- Un bachiller valenciano llegó en un viejo autobús a Caracas con una pequeña maleta llena de ropa, y otra inmensa, aparentemente vacía, llena de ignorancia y deseos de aprender.


- El bachiller ignorante balbuceaba algo de música con su guitarra y su cuatro, lo que bastaba para enorgullecer a sus padres, no más de allí. Sentía insólita vergüenza por ser cuatrista, pues en los conservatorios no se estudiaba este último instrumento, y él no sabía todavía que la dignidad de ser músico estaba por encima de lo que había aparentemente detrás de un instrumento.


- Un bisoño retoño de músico vislumbra el océano de su ignorancia montado en los hombros de sus maestros benevolentes.


- Ante aquel océano sempiterno e interminable el joven se atemoriza, pero la compañía de sus maestros le da confianza, los maestros muestran gran empatía hacia aquel joven músico temeroso y acomplejado.


- Un maestro sorprende a su torpe estudiante invitándole a hacer un programa radial en una emisora cultural justo sobre el instrumento que, en su ignorancia, le causaba tantos complejos.


- Tiempo más tarde, aún pensando que de no haber sido por la inmensa bondad de su maestro aquella invitación anterior era impensable, el maestro le sorprende con una nueva invitación a tocar, esta vez en el exterior y aquel joven lleno de temores  empuña su instrumento y su equipaje para viajar, no en un autobús, sino, por primera vez, en un avión.


- El maestro se muestra diligente y generoso dentro y fuera del salón de clase, y no escatima en prestar sus más valiosos libros al jovencito con tal de que éste aprenda un poco.


- El maestro, ahora en la universidad, se niega a realizarle un examen de lectura músical al cuatrista, quien aún solfeaba con furtiva dificultad, pues había aprendido a leer la música tardíamente. Defiende su negativa con el argumento de que el estudiante ya pasó esas materias en el conservatorio. El maestro pone la nota máxima sin examinar. Repitió la misma escena, para la íntima vergüenza del cuatrista, durante cuatro semestres. 

El asombrado muchacho sabe que no merece ese trato, pero, al menos, gracias a su maestro, ya no tiene pena de empuñar un instrumento tan sencillo. El maestro logró trabsmitirle algo de confianza a punta de bellos gestos.


- Aún torpe, pero esperanzado, el joven músico (contra todo pronóstico) está a punto de defender su trabajo de grado universitario, realizado con un brillante violinista amigo suyo y ambos obtuvieron un humilde triunfo llegando a la ansiada meta. 

Los dos miembros del jurado son de un talante hermano, parecían el mejor amigo, uno del otro. 

El cuatrista siente que no merecía tanta bondad de la vida, pero el cuatro que escondía  se graduó de licenciado.


- Un músico de cincuenta y tantos soles recuerda su más fogosa juventud porque el maestro que nunca le tuvo por menos murió prematuramente, y ahora se resigna a caminar sin el apoyo de aquella baranda paternal que parecía no ser efímera, pero lo era.

Sabe el músico que, por encima de su tristeza, debe despedir a su maestro dando las gracias y no profiriendo lamentos.


- En momentos de penuria patria el músico de cincuenta y tantos ha logrado, recordándole, sentirse muy rico, afortunado y dichoso, parece que su Maestro no murió del todo, parece que ha resucitado en su memoria y la pesada piedra del sepulcro abre paso, considerada, ante sus recuerdos.


- El hombre de cincuenta y tantos sabe que algún día él mismo será un recuerdo, pero mientras añora al ser a quien tanto adeuda, recuerda que la memoria es la muerte de la muerte y eso le consuela.


Bienvenido, Maestro Juan Francisco Sans, al solemne y sencillo panteón de mis recuerdos, donde mis seres queridos cobran, nuevamente, vida. Gracias por haber sido tan bondadoso, tan generoso, tan ejemplar. Pusiste el listón en un lugar inalcanzable, pero tu sencillez me ocultó, benevolente, esa distancia. Dios te reciba con unos brazos abiertos, similares a los que me abrazaron en mi juventud, con toda mi ignorancia, mis ilusiones, sin dejar que se apagara nunca mi deseo de aprender.

Gracias, siempre gracias, eternas gracias, Maestro querido.


Dedico también estas líneas, junto a quienes fueron mis compañeros de clase en mi juventud, a su digna esposa y maestra nuestra, Mariantonia Palacios de Sans, a sus hijos, y acompañando su honda tristeza por la despedida de su fraterno amigo, al Maestro Miguel Astor. Dios me les dé larga y buena vida.




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